7 de septiembre de 2026

Yodo y función tiroidea: por qué su ingesta adecuada es más delicada de lo que parece

Cuando hablamos de nutrientes que "faltan", casi siempre pensamos en vitamina D, hierro o vitamina B12. El yodo rara vez entra en esa conversación, y sin embargo es uno de los pocos minerales cuya carencia —o cuyo exceso— puede alterar directamente el funcionamiento de la tiroides, la glándula que regula buena parte de tu metabolismo. La buena noticia es que en España, a nivel poblacional, la situación es razonablemente buena. La menos buena es que hay grupos concretos, y algunos hábitos alimentarios cada vez más de moda, que pueden desequilibrar esa balanza sin que te des cuenta.

Por qué el yodo importa tanto para la tiroides

El yodo es un componente esencial de las hormonas tiroideas (T3 y T4), que intervienen en el metabolismo energético, el desarrollo del sistema nervioso y el crecimiento. Sin suficiente yodo, la tiroides no puede fabricar estas hormonas con normalidad, lo que puede derivar en hipotiroidismo y, en casos de déficit mantenido, en bocio. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera la carencia de yodo una de las causas de discapacidad intelectual evitable más importantes a nivel mundial, precisamente por su papel crítico durante el embarazo y los primeros años de vida.

Lo interesante —y lo que menos se explica— es que el exceso de yodo también puede alterar la función tiroidea, provocando tanto hipotiroidismo como hipertiroidismo según el caso. No es un nutriente en el que "más es mejor": es uno de esos casos en los que la dosis adecuada importa más que la cantidad.

Cuánto yodo necesitamos, según las cifras oficiales

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció en 2014 una ingesta adecuada de 150 microgramos al día para la población adulta general. La OMS maneja una cifra muy similar para adultos no gestantes. Durante el embarazo y la lactancia, las necesidades aumentan de forma notable: la EFSA eleva la recomendación a 200 microgramos diarios, mientras que la OMS sitúa la cifra en 250 microgramos diarios, dado el papel esencial del yodo en el desarrollo cerebral y neurológico del feto y del bebé lactante.

También existe un límite superior de seguridad: el Comité Científico de la Alimentación Humana de la Comisión Europea fijó en 600 microgramos diarios el nivel máximo tolerable para adultos. Es decir, hay un rango razonablemente amplio entre "demasiado poco" y "demasiado", pero ambos extremos existen y ambos tienen consecuencias.

De dónde sacamos el yodo en la dieta

Las principales fuentes alimentarias de yodo son la sal yodada, los lácteos (la cantidad de yodo en la leche depende en parte de la alimentación del ganado y de los desinfectantes yodados usados en la industria láctea), el pescado y el marisco, y en menor medida el huevo. Desde hace décadas, la estrategia de salud pública más eficaz para prevenir el déficit de yodo a nivel poblacional ha sido la yodación de la sal, una medida que, según la OMS, ha permitido erradicar prácticamente los trastornos por deficiencia de yodo en los países que la han implementado de forma sostenida.

España está incluida desde 2004 entre los países con una nutrición de yodo considerada óptima a nivel de población general, según criterios de la OMS. Aun así, las sociedades científicas señalan un dato llamativo: solo alrededor del 40% de la población consume sal yodada de forma habitual, lo que deja a ciertos grupos —especialmente embarazadas— en una situación de mayor vulnerabilidad frente al déficit.

Embarazo y lactancia: el momento de mayor riesgo de déficit

El grupo de trabajo de trastornos por deficiencia de yodo de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) ha señalado repetidamente que, aunque la población general española tiene un estatus de yodo adecuado, las mujeres embarazadas y lactantes con frecuencia no alcanzan las cantidades recomendadas solo con la dieta. Por eso, sus recomendaciones apuntan a que la sal yodada, los lácteos y, cuando el profesional sanitario lo considere necesario, la suplementación específica, son las vías para cubrir estas mayores necesidades durante el embarazo y la lactancia. Esta no es una decisión que deba tomarse por cuenta propia con suplementos genéricos: la cantidad de yodo necesaria y la conveniencia de suplementar deben valorarse de forma individual con el equipo médico que hace el seguimiento del embarazo.

El exceso también es un problema: el caso de las algas

Aquí está uno de los puntos que menos se conocen y que conviene tener presente si sigues una alimentación con más presencia de productos orientales o "superalimentos": las algas, especialmente las variedades pardas como la kombu, pueden contener concentraciones de yodo extraordinariamente elevadas. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha publicado recomendaciones específicas al respecto: aconseja evitar el consumo de algas en niños, embarazadas y mujeres en periodo de lactancia, y advierte a las personas con disfunción tiroidea o que toman medicación con yodo de evitar estos alimentos, precisamente porque un aporte excesivo y mantenido de yodo puede desestabilizar la función tiroidea en cualquier dirección, no solo hacia el hipotiroidismo.

Qué te llevas de todo esto

El yodo no suele ser un problema para la mayoría de personas que llevan una alimentación variada con sal yodada y algo de lácteos, pescado o marisco de forma habitual. No hace falta obsesionarse con él ni añadir suplementos "por si acaso". Pero sí merece la pena revisar dos cosas muy concretas: si usas sal yodada en casa —es un gesto sencillo con respaldo científico sólido— y, si estás embarazada o en periodo de lactancia, hablar con tu médico o matrona sobre si tu ingesta de yodo es suficiente, en lugar de dejarlo al azar. Y si tomas algas de forma habitual, especialmente variedades pardas, vale la pena saber que ahí el exceso también cuenta.